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El boom de la inteligencia artificial (IA) está revolucionando en forma simultánea múltiples ámbitos. Sus efectos –positivos y negativos- aún son inciertos. El popular ChatGPT es un claro ejemplo: su creador San Altman afirmó en una entrevista reciente, con la cadena de noticias ABC, que esta herramienta puede ser considerada la mayor tecnología desarrollada hasta el momento, pero admitió que está “un poco asustado” por el uso que las personas puedan darle y el impacto que tendrá en el mundo laboral, la política y en la generación de conocimiento.
Uno de los usos con mayor potencial de la IA en general –y del ChatGPT en particular- se da en la investigación científica, debido a su capacidad de procesar grandes cantidades de datos y su potencial para proporcionar análisis precisos y en tiempo real. Sin embargo, su utilización abrió un fuerte debate en el ámbito académico y planteó una polémica por la aparición de artículos en los que esta herramienta tecnológica era citada entre los coautores, a la par de los científicos de carne y hueso que habían llevado adelante los ensayos. Muchas revistas rechazaron este tipo de fórmula y aún hoy la discusión sigue abierta.
Lo cierto es que, por su acceso gratuito, fácil y amigable, el ChatGPT llegó a la investigación científica para quedarse. “Podría ser utilizado, por ejemplo, en varias áreas de la cardiología para mejorar y acelerar el proceso de investigación. Es sumamente útil para análisis de gran cantidad de datos relevantes de diversas fuentes. Brinda la posibilidad de generar informes automáticos basados en los resultados de la investigación y así acelerar el proceso de comunicación. Además, ayuda a la formulación y organización de hipótesis de investigación y al famoso ‘brain storming’”, explica la doctora Lucrecia Burgos, médica cardióloga especialista en Insuficiencia Cardíaca del Instituto Cardiovascular de Buenos Aires (ICBA).
Ante este escenario, la experta elaboró junto con otros especialistas del ICBA una guía con los usos más adecuados de esta herramienta de IA en la investigación y redacción científica, que fue publicada en la Revista Medicina. El trabajo, que lleva también la firma de los doctores Lucas Suárez y Mariano Benzadón, cuenta con cinco puntos principales.
“Puede ser de gran utilidad darle algunos datos con los que trabajar antes de formular la pregunta, que la misma sea bien concisa e indicar el público al que va destinada. Se puede ser bien detallista, como por ejemplo, cuántas líneas, párrafos o palabras, en qué idioma y en qué cuestiones realizar especialmente énfasis. Y como principal premisa, cuánto más específico sea uno, mejor será la respuesta”, acota Burgos.
Siempre un humano detrás
Un punto central y que despierta polémica a nivel global es el rol que debe cumplir la IA en la autoría de una investigación científica. Luego de que muchos artículos mencionaran a ChatGPT entre sus autores y las principales publicaciones se negaran a darle tal crédito, la Asociación Mundial de Médicos Editores debió salió a plantear recomendaciones sobre su uso y la editorial Elsevier directamente modificó las políticas para darle crédito al autor.
En el nuevo texto, sugiere que cuando los investigadores utilicen IA generativa y tecnologías asistidas por IA en el proceso de redacción, estas tecnologías solo deben emplearse para mejorar la legibilidad y el lenguaje del trabajo. Los autores deben revisar y editar cuidadosamente el resultado. El eje de estos planteos es que la autoría implica responsabilidades y tareas que solo pueden ser atribuidas y realizadas por humanos.
El texto publicado por los expertos del ICBA cita un estudio reciente que utilizó ChatGPT para generar 50 resúmenes artificiales de artículos de investigación y comprobar si los científicos podrían detectarlos. Los revisores humanos identificaron correctamente el 68% de los resúmenes como generados por la IA (verdadero positivo), pero identificaron incorrectamente el 14% de los resúmenes originales como generados por el chatbot (falso positivo).
“Es importante hacer énfasis en que todo el proceso de investigación y redacción de un artículo científico requiere la orientación y supervisión de investigadores humanos expertos en la materia para garantizar la exactitud, coherencia y credibilidad del contenido. Debemos entender a esta nueva herramienta como un aliado, y saber usarlo sabia y éticamente. Aprender a utilizarla, dado que el futuro ya llegó”, concluye la doctora Burgos.