A los 38 años, el bandoneonista riocoloradense Nicolás Malbos recorre la Patagonia y el sur bonaerense como quien enlaza pueblos con un fueye bajo el brazo. De Bariloche a Bahía Blanca, de Neuquén a Villa La Angostura, integra orquestas, dicta talleres y empuja proyectos colectivos con una idea clara: el tango todavía tiene mucho por decir y, sobre todo, mucho por construir.
“Somos muy poquitos los bandoneonistas en la Patagonia”, explica. Y en esa escasez encontró también una tarea. “A veces hace falta prender ahí el fósforo y que se empiece a armar… o mejor dicho, tirar las semillas. No vamos a prender fuego nada, vamos a sembrar mejor”, dice, entre risas, durante una entrevista atravesada por la música, la autogestión y el sentido comunitario del arte.
Malbos se define, casi sin quererlo, como un “bandoneonista multiorquesta”. Actualmente forma parte del sexteto La Mariposa, en Bahía Blanca; de La Sigilosa y Latitud Sur, en Neuquén; y de la Patagonia Tango en Bariloche. Cada agrupación tiene su identidad, pero todas comparten una misma raíz: devolverle al tango su dimensión social.
“Quizás la cara más importante del tango sea la de la milonga, porque es donde estamos todos de igual a igual”, reflexiona. “No se enfoca necesariamente en el artista, sino en una comunidad que se organiza para pasarla bien y abrazarse”.
Lejos de las discusiones estériles sobre tradición y modernidad, Malbos disfruta de todas las formas del género: desde las grandes orquestas clásicas hasta las nuevas composiciones contemporáneas. “La paso re bien tocando D’Arienzo, De Angelis o Di Sarli, así como me gusta tocar Piazzolla o músicos vivos como Julián Peralta o Ramiro Gallo. Me gusta estar en todos lados”.
Aunque muchas veces el tango aparece asociado a generaciones mayores, Malbos asegura que hay un movimiento joven creciendo en distintos rincones del país. Y pone como ejemplo experiencias que lo marcaron recientemente.
En Bariloche participó de seminarios autogestivos junto a músicos patagónicos y al compositor Julián Peralta, a quien define como “un guía espiritual”. Allí coincidieron con una orquesta típica juvenil de Caleta Olivia integrada por adolescentes que estudian tango desde niños.
“Agarran el violín, el piano o el bandoneón y no tienen que pasar por Mozart o Beethoven: van derecho al tango”, cuenta con entusiasmo. “Eso tendría que haber pasado siempre. Que los jóvenes tengan la posibilidad de acercarse al tango”.
Para el músico, el problema histórico fue que la música popular quedó relegada en muchas instituciones académicas. “En los conservatorios el tango era casi un tabú”, señala. Y agrega una definición que atraviesa toda su mirada artística: “El tango siempre fue orillero y hoy sigue siendo orillero”.
Ruta 22, el tango que habla del Valle
Uno de los momentos más celebrados de los últimos tiempos fue el reconocimiento obtenido junto a La Sigilosa por “Ruta 22”, una obra compuesta por Amanda Sánchez que ganó un premio impulsado por la familia Berbel en Neuquén.
La canción, explica Malbos, habla del territorio propio, de la vida en los valles patagónicos, de la experiencia cotidiana atravesada por esa ruta infinita que conecta pueblos, trabajos y destinos.
“Hay gente componiendo tango que habla de lo que nos pasa ahora”, sostiene. “Todavía se sigue discutiendo al tango con ojos viejos, pero hay que escuchar las canciones nuevas”.
En esa línea, también cuestiona ciertos prejuicios sobre el género. Reconoce que algunas letras históricas “eran totalmente cancelables”, pero destaca que el tango contemporáneo está contando otras historias, con otras sensibilidades y otros protagonistas.
Cultura, identidad y autogestión
La conversación se vuelve más profunda cuando aparece el tema cultural. Malbos habla del tango y el folclore como parte de una identidad argentina que muchas veces no recibe el cuidado necesario.
“Argentina no se ha dado cuenta de lo importante que es el tango y el folclore”, afirma. Y compara: “Europa colonizó al mundo desde la cultura. Las orquestas sinfónicas están en todos lados. Nosotros tenemos un caudal cultural enorme y todavía no terminamos de valorarlo”.
En sus viajes por Chile encontró algo que lo sorprendió: milongas llenas, movimientos jóvenes y hasta tandas de chacareras y zambas bailadas con entusiasmo. “Ahí se me cayeron todas las preguntas”, dice. “Otros están apreciando una belleza que muchas veces nosotros discutimos”.
Su crítica no apunta al reconocimiento de las grandes figuras porteñas, sino a la falta de apoyo para los artistas del interior. “Acá se cuida poco al artista que compone, al que no está en Buenos Aires. Y es justamente ese artista el que genera identidad”.
“Me considero un trabajador de la cultura”
Entre talleres, viajes y ensayos, Malbos impulsa además la idea de crear una orquesta escuela de tango en Río Colorado. Un espacio de formación colectiva donde aprender no signifique solamente estudiar técnica, sino tocar con otros desde el comienzo.
“La finalidad de tocar un instrumento es tocar con otros”, resume. “La orquesta escuela enseña eso: a escucharse, a ir de la mano con otros”.
Cuando le preguntan si se considera un trabajador de la cultura, responde sin dudar. “Sí, totalmente. Soy fiel seguidor de Pugliese. Él se autopercibía obrero de la música”.
La frase no suena declamativa. Se entiende en su recorrido de rutas interminables, ensayos en sindicatos prestados, talleres autogestionados y proyectos colectivos sostenidos más por convicción que por mercado.
Antes de despedirse, toma el bandoneón y toca un fragmento de Astor Piazzolla. La entrevista termina como empezó: con música. Pero también con una certeza. En algún lugar de la Patagonia, mientras muchos anuncian crisis culturales o nostalgias definitivas, hay músicos jóvenes sembrando tango.