El océano Pacífico vuelve a concentrar la atención de los científicos que estudian el clima mundial. Durante 2026, los satélites de la NASA registraron una serie de alteraciones que podrían anticipar uno de los episodios de El Niño más intensos de las últimas décadas.
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) estimó en octubre una probabilidad del 83% de que el fenómeno estuviera en curso. La evolución de esas condiciones mantiene en alerta a la comunidad científica, que busca determinar cómo se desarrollará el evento y cuáles podrían ser sus consecuencias.
El seguimiento no depende de una única medición. Los investigadores analizan el calentamiento de la superficie marina, los cambios en la altura del agua y las variaciones en el color del océano. En conjunto, estos indicadores permiten comprender qué está ocurriendo bajo la superficie y cómo esas transformaciones pueden repercutir en la atmósfera.
El Niño: las señales que los satélites detectaron en el Pacífico
Una de las primeras señales apareció en enero de 2026, cuando los instrumentos de observación satelital identificaron una masa de agua cálida cerca de Micronesia, en el Pacífico occidental.
Se trataba de una onda Kelvin, un movimiento oceánico que desplaza grandes volúmenes de agua caliente de oeste a este. Estos pulsos pueden recorrer miles de kilómetros y modificar la distribución del calor en el océano, un proceso que desempeña un papel importante en el desarrollo de El Niño.
A comienzos de abril, las ondas cálidas ya habían alcanzado el Pacífico oriental y la temperatura superficial del mar comenzaba a subir. Al mismo tiempo, algunas zonas registraron un aumento del nivel oceánico de entre 30 y 40 centímetros respecto de las condiciones habituales.
En contraste, sectores cercanos a Indonesia y el norte de Australia presentaron niveles entre 15 y 20 centímetros por debajo de lo normal. Esta diferencia refleja cómo el agua se redistribuye a través de la cuenca del Pacífico durante la evolución del fenómeno.
Josh Willis, científico del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, comparó las ondas Kelvin con el latido del corazón de El Niño. Según explicó, los satélites permiten observar esos movimientos y seguir su evolución a gran escala.
La temperatura del océano ya supera el promedio en 1,7 °C

El calentamiento de las aguas superficiales es uno de los indicadores más conocidos de El Niño. De acuerdo con los datos citados por Willis, el Pacífico oriental alcanzó temperaturas cercanas a 1,7 °C por encima del promedio histórico de referencia.
La magnitud del aumento resulta relevante porque el océano cumple una función central en la regulación del clima. Cuando acumula más calor del habitual, también modifica la cantidad de energía y humedad que transfiere a la atmósfera.
Los satélites que utilizan sensores infrarrojos y de microondas permiten medir la temperatura superficial y elaborar mapas de las zonas más cálidas. Durante 2026, esas observaciones mostraron la expansión de una franja de agua con temperaturas superiores a las habituales, desde sectores centrales del Pacífico hasta las proximidades de Sudamérica.
¿Qué significa esto para el clima? El calentamiento del agua puede favorecer cambios en la formación de tormentas y en la circulación atmosférica. A medida que evoluciona El Niño, esos cambios pueden alterar los patrones de precipitaciones y las condiciones meteorológicas en regiones alejadas del océano donde se origina.
Sin embargo, la intensidad y la distribución de los impactos dependen de cómo evolucione el fenómeno y de la interacción con otros factores climáticos.
La NASA también estudia el color del mar para entender El Niño
Además de medir la temperatura y el nivel del agua, la NASA utiliza el satélite PACE para observar otra señal menos evidente: los cambios en la coloración del océano.
Lanzado en 2024, este satélite estudia la composición de las aguas mediante mediciones de distintas longitudes de onda de luz. Sus instrumentos permiten analizar la presencia de fitoplancton, organismos microscópicos que constituyen la base de buena parte de las cadenas alimentarias marinas.
En condiciones habituales, algunas zonas del Pacífico ecuatorial presentan tonalidades verdosas asociadas con una mayor concentración de estos organismos. Durante los últimos meses, las observaciones mostraron una reducción de esos tonos y una expansión de áreas más azuladas.
El cambio tiene una explicación vinculada con la dinámica del océano. El fitoplancton necesita nutrientes para desarrollarse y suele prosperar cuando las aguas profundas, más frías y ricas en esos elementos, ascienden hacia la superficie.
Durante El Niño, el debilitamiento de los vientos alisios puede reducir ese proceso, conocido como afloramiento. Con menos nutrientes disponibles, disminuye la abundancia de fitoplancton y el color del agua puede cambiar.
Matthew Kehrli, investigador del equipo científico de PACE en el Centro de Vuelos Espaciales Goddard de la NASA, destacó la diversidad de colores que puede presentar el océano y el valor de esas observaciones para estudiar sus transformaciones.
La reducción del fitoplancton no es solamente un indicador climático. También puede afectar a los organismos que dependen de él para alimentarse y provocar cambios en el funcionamiento de los ecosistemas marinos.
¿Cómo puede afectar El Niño al clima mundial?

El Niño forma parte del ciclo natural conocido como El Niño-Oscilación del Sur (ENOS), una interacción entre el océano y la atmósfera del Pacífico tropical que alterna distintas fases y modifica la circulación atmosférica a escala global.
El fenómeno suele aparecer cada dos a siete años, aunque su intensidad y duración varían. Durante su desarrollo, los vientos alisios pueden debilitarse, el agua cálida se desplaza hacia el este y las zonas donde se concentra la actividad de lluvias y tormentas cambian de posición.
Las consecuencias no son iguales en todas partes. Algunas regiones pueden experimentar precipitaciones más intensas e inundaciones, mientras que otras afrontan períodos de sequía, temperaturas elevadas o mayores riesgos de incendios.
Estos cambios tienen implicaciones concretas para la agricultura, la disponibilidad de agua, las comunidades costeras y la actividad pesquera. Por eso, anticipar la evolución de El Niño resulta fundamental para planificar medidas de prevención y reducir posibles daños.
En Argentina, como en el resto de Sudamérica, la influencia del fenómeno puede variar según la región y la época del año. No obstante, la presencia de El Niño por sí sola no permite determinar con exactitud qué condiciones meteorológicas se registrarán en una localidad específica. Para establecer ese panorama es necesario consultar los pronósticos regionales y los informes de los organismos meteorológicos.
Satélites y boyas: el seguimiento continuará durante los próximos meses
La observación satelital del nivel del mar cuenta con una serie de registros continuos que se remonta a 1993. Las misiones actuales, entre ellas Sentinel-6, permiten medir variaciones oceánicas con instrumentos de radar y complementar la información obtenida mediante boyas y otros sistemas de monitoreo.
Cada tecnología aporta una pieza diferente del mismo problema: mientras algunos instrumentos detectan la altura y la temperatura del agua, otros ayudan a estudiar su composición y los cambios en los ecosistemas marinos.
La combinación de esos datos permite a los científicos identificar señales tempranas, comparar la evolución del fenómeno y mejorar la comprensión de sus posibles efectos.
La NASA mantendrá el monitoreo del Pacífico para seguir la evolución de El Niño y estudiar su relación con los cambios atmosféricos. Aunque todavía es necesario observar cómo se desarrolla el episodio, las señales registradas muestran por qué el océano es una pieza fundamental para anticipar alteraciones del clima.
Comprender lo que ocurre en esas aguas no es solo una cuestión científica: también permite mejorar los sistemas de alerta y preparar a las comunidades frente a los impactos que podrían llegar durante los próximos meses.

